Sunday, September 26, 2010

Crónica de la Ciudad de un México Histórico.

Parte de la ironía es que tengo una empresa de producción de video y fotografía y nunca cargo con una cámara. Entonces no hay más remedio que usar el recurso más antiguo y probado: un intento de descripción literaria.

Desde que me subí al metro a ritmo de " el metro" de los Tacubos en mi ipod, fui atacado por el griterío de los vendedores ambulantes (uno me venció de una estocada hecha lapicero ingenioso de cinco pesos el par, para mis hijas) luego fui rematado por la mirada insistente de una niña de mascara chata, de bellas facciones mexicanas: cabeza amplia, ojos almendrados y labio prominente que en su conjunto, era la carne sonriente de cualquier mascara maya de jade.

Después de mucho caminar, esperé en una larga línea que daba a uno de aquellos misteriosos arcos de plástico y metal que siempre se observan en los aeropuertos: Para entrar al Palacio Nacional se necesitaron dos estrictos filtros de seguridad. Luego la indicación a seguir el flujo marcado por flechas y guías.

La entrada ya de por si era impresionante: enormes arcos centinelas de un patio central con una fuente pristina de cantera y agua, coronada por un triunfante Pegaso de bronce.

Luego la inmensidad se convirtió en un claustro de algo que no debería impresionarme especialmente dada mi carrera y experiencia en aspectos audiovisuales. Era una presentación multimedia en una extensión de imágenes en las cuatro paredes del cuarto, perfectamente sincronizadas para parecer una sola imagen que nos rodeaba y nos adentraba en la música fastuosa, etérea y abundante.

Todo aquel colorido y las impredecibles notas tocaron mis tripas transformando aquellas mariposas viscerales en un revoloteo idílico de confusión intelectual, emociones húmedas y un patriotismo desconocido para mí.

Veíamos historia, industria, comida, paisajes, ciudad retando el tiempo con fondos de nubes con prisa o estrellas circundando horizontes hermosos y brillantes. Fue el águila de la nación y mexicanos de toda extirpe caminando: el descubrir sorpresivo de las pantallas nos incluyó a todos los presentes en cuatro paredes de espejos.

Toda esa película y la puntada de los espejos son una idea y una ejecución genial que relata y demuestra nuestro ingenio huérfano, nuestro trágico exceso de individualidad y orgullo en una tierra rica y noble. Solo falta hacer equipo como lo hicieron quienes integraron este impactante espectáculo. Maravilloso técnica y artísticamente.


Luego viví el tiempo por doscientos años: Me trasladé a la Nueva España de un tiempo viejo, al estandarte de Hidalgo con todo y su virgen desencantada; perdón, desgastada. A la auténtica declaración de la independencia, el “Sentimientos de la nación” de Morelos, los tesoros hechos armas, fusiles y espadas de aquellos personajes legendarios de nuestra historia. Me impresioné con tanto oro y joyas en la corona laureada de Benito Juárez y admiré la noble convicción moral de Madero con su carta original dirigida a Porfirio Díaz, llamándolo amigo y llamándolo también a la verdadera democracia, con todos los argumentos que su libro “La Sucesión Presidencial en 1910” le pudo dar.

Luego admiré como siempre los murales de Diego "milnombres" Rivera. Cuando sentí que el cansancio me mataba de ver miles de objetos preciados, la ironía del Mausoleo se apoderó de mis sentidos.

Dentro se encontraban las reliquias cuasi religiosas de los portadores de nuestra trágica y poderosa historia: la testa calva y barnizada de Morelos, junto a su espina dorsal. En un arca de oro las cuatro osamentas fusiladas en Chihuhua, resaltando la de Allende y la del Hidalgo que se identificaba por una H antigua dibujada en la nuca y por ser la única con un balazo en la sien, tiro de gracia, homenaje al miedo de verlo levantarse como ave Fénix de aquel fusilamiento anti-insurgente.

Quizás sabían desde entonces que era inmortal.

El impacto fúnebre atenuó mi cansancio y me hizo reflexionar ante el idealismo encima de la vida misma. Ruegos de los padres y un Vicente Guerrero diciendo "La patria es primero" y un Madero replicando cientos de palabras que derivaron en una pseudodemocracia postrevolucionaria que valió más que su traicionada vida.

Mis pies reclamaban descanso y mi mente reflexión. Mi cuerpo se movía ya flotando en la ingravidez inevitable de la curiosidad cuando vi al fondo las oficinas presidenciales ¡Abiertas!

No dudé en acercarme y un guardia muy amablemente me invitó a pasar:

- Hoy no hay actividad presidencial, así que bienvenido al despacho del presidente de la república.

Me guió hacia un largo pasillo y me indicó que el despacho estaba en la esquina del fondo. Caminé perfilado de pérfidos, virtuosos, dudosos, enigmáticos, ególatras o impertinentes presidentes: eran hermosos cuadros al oleo de escala casi real de los jefes de estado, si bien se ahorraron un poco de pintura con Obregón y Cárdenas, les faltó para Fox, que en su afamado intento por lucir, mostraba impávido un trazo modernista, muy distinto del retrato realista y sobrio de los demás, rayando en esos dudosos y afeminados colores pastel.

Me llamaron la atención los retratos de López Portillo y Salinas, quienes recargaban un puño férreo sobre libros. Apuesto que eran las auditorías del erario público que defenderían "como perros" de los ojos de contralores de oposición.

Finalmente di con la famosa o infame (según aplique la época) oficina del preciso. No pude evitar imaginarlo y me atrevo a confesar, imaginarme sentado en esa silla. El peso de millones, las toneladas de futuro que aprietan esas cuatro paredes hacían rechinar el claustro como submarino en profundidades prohibidas. Pero el crujido no es de agua gélida, es del reclamo del fantasma del pasado, del presente y del futuro. (Charles Dickens estaría muy orgulloso de mí).
Es un lugar sobrio y antiguo, más rebuscado y bello que la famosa oficina oval americana que tanto vemos en filmes domingueros. Y por si alguien tiene duda, si existe el teléfono rojo setentero, junto a la banderita justo a mano derecha del presidente diestro.

- Es para llamar a alguien muy importante en el caso de alguna situación extrema.- Me aclaró con tono misterioso aquel secretario perfectamente ataviado.

Supongo que no es para llamar a Dios porque sería un telefonito azul con nubecitas y chapa de oro. Espero que no sea para llamar al contrario colorado. Más bien apuesto que es para hablarle a un moreno improbable, pero harto poderoso.

Contrastaba con toda la antigüedad una terminal blanca UPC con conexiones de laptop y red. Estaba tirada, como una caja blanca casi improvisada justo al lado del "trono" presidencial. ¿Acaso el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos se agachaba a conectar su laptop cual preso de cubículo en maquiladora? No aguanté la curiosidad...

- Generalmente lo hace su secretario particular, pero si, si está ofuscado y es frecuente, no se espera, se agacha y a veces reclama entre dientes que esta lento otra vez el Wifi. Entonces se vuelva a agachar a conectar el cable de red.

- ¿Algún otro dato curioso?

- Mmmm odia el elevador y siempre usa las escaleras de "La patria es primero"... le encanta el agua de tuna del Samborns, nos pide que vayamos por ella a la casa de los azulejos, aunque no siempre hay. No podemos decir que es para el aunque una mesera ya sospecha.

Con un ademán pedí permiso para entrar a los otros salones que también estaban abiertos y amablemente el secretario me pidió que antes viera la cómoda con el balazo de cuando defendieron a Madero en la decena trágica.

Caminé por salones tipo francés que me recordaron a Versalles y uno muy curioso estilo Árabe donde sigilosamente trabajaba una secretaria encuadernando hojas de múltiples idiomas con el sello de la presidencia de la república.

- Es que va a haber protocolo, una recepción, pero por seguridad no damos detalles- me dijo ante mi curiosidad.

Finalmente me encumbré en el balcón más famoso de México. Hice una recreación de este festejo especial de doscientos años, sus bellísimos colores, el movimiento de aquel impresionante desfile y los tremendos fuegos artificiales. Grité en mi mente y vi la inmensa plaza rebosada de sesenta mil esperanzas, representando el coro armónico del "Viva México" de más de cien millones.
El cansancio se volvía banal y la curiosidad saciada me tumbaba a la fuerza de la gravedad terrenal. Tenía hambre y me desplacé al Samborns, la casa de los azulejos, arrullado por decenas de organillos multifónicos y bolereros, y untado de olores peculiares: el incienso mexica de las limpias públicas y ancestrales, los antojitos y el olor dulzón de los puesteros de merengues.

En el famoso y antiquísimo restaurante pedí lo más mexicano que se me ocurrió: consomé, chiles en nogada y -por supuesto- agüita de tuna presidencial (si había, lo que quizás era una señal de que debía yo incursionar en la política como me insiste un buen amigo).

Me acompañaron las leyendas del lugar: el Cristo que lloró por el temblor de hace dos siglos, la muerte acuchillada de un conde famoso en las ennegrecidas escaleras, el gran mural de José Clemente Orozco , los fantasmas de Orizaba y la riqueza legendaria y surreal de Carlos Slim.

Finalmente regresé por donde vine en un viernes, hora pico. El torrente humano de un rio subterráneo y carnal llamado metro se lucía con especímenes diversos: el emo que se escondía tras su pelo y su ipod, el grupo universitario que cantaba la porra de la victoria, el naco que piropeaba soezmente ya ante el reclamo femenino afirmaba algo como "Estudié leperatura y letras en la universidad de Bulgaria mi reina...", aquel travesti que le estorbaba toda su realidad cuando caminaba, los enamorados besucones que nos dan harta envidia, el fresa desconcertado por el "hoy no circula" o su “nave” del año en el servicio de agencia, tantos vendedores barítonos en opera discorde y miles de ejemplos mas tan coloridos como diversos.

Todo aquello al ritmo de los tacubos, me hizo pensar en la fascinación que tienen los neocineastas urbanos capitalinos por aquel folklor tan único.

Acabé en una librería vieja donde previamente había divisado dos libros antiguos de Antonio de Trueba de 1862, edición especial para la reina Isabel II, que debían valer mucho más que los 360 pesos que pagué porque inclusive, esos libros se mencionan de modo particular en Wikipedia.

Ojalá me haga rico con ellos, porque se me antojaría echarme un agüita de tuna con Felipe y Carlos en el salón verde de los secretos (donde solían reunirse Obregón y Calles para cuchichear el futuro del país, de ahí el nombre) para discutir de economía y ese escabroso asunto del narco, que nomás no le hallamos solución.

2 comments:

Lenis Guerra said...

Muy ingeniosa tu reseña, no me sorprende nada que hayas llegado hasto donde llegaste, en hora buena mi buen amigo.

Ernesto said...

Hola , me encanto tu reseña y la prosa de tu descrpción. Me alegra "escuchar" a alguien que no Habla Mexicano.
Enhora Buena,
Ernesto Rodriguera